Lo mejor de ser la dueña de mi propia empresa es que puedo definir el papel del CEO a mi manera

Por Miki Johnson (Co-Fundadora, Dovetail)

La semana pasada me caí de mi bicicleta, mejor dicho, me mantuve aferrada a mi bicicleta cuando los frenos se bloquearon y cayó. Mientras el dolor y la vergüenza se apoderaban de mí y algún buen peatón se detenía a ayudarme, un pensamiento bastante raro apareció en mi mente: “Odio ser siempre la chica”. ¿De dónde había salido eso?, me pregunté. Me he desplazado en bicicleta por San Francisco desde hace muchos años y suelo circular por Market en hora punta. Me siento bastante segura moviéndome por la ciudad y sinceramente pienso que las mujeres no somos peores manejando una bicicleta. Es cierto que conduzco más lenta y con un estilo menos agresivo que el de Jackson. Esto no tiene nada que ver con ser una chica o un chico, pero él, que iba delante mía, se detuvo a para el tráfico cuando caí. En cuanto al pensamiento que surgió en mi mente, sentí que seguir el camino marcado por alguien y sufrir las consecuencias de esto, se parecía bastante a mi experiencia siendo una mujer en un “mundo de hombres».

Ser La chica

Antes de convertirme en una mujer adulta, cuando trataba de averiguar cómo encajar en el espectro de lo femenino/ masculino,  a menudo sentía que tenía sólo dos elecciones:
1. Ser una niña “princesita”, hacer ballet, adorar a los ponies y hablar de cosas como besos y maquillaje.
2. Ser una “tomboy”, una chica poco femenina, usar ropa ancha, ocultar el cabello bajo una gorra, ser buena en deportes y expresarme a base de tacos. Por supuesto sin llorar nunca y sin llamar la atención sobre el hecho de que eras una chica.

Mi madre es una inteligente mujer de negocios, mi padre es con diferencia el mayor feminista que conozco. Ambos se encargaron de recordarme a lo largo de mi infancia que podía hacer cualquier cosa que me propusiera. Además, me enseñaron a descubrir el sexismo cotidiano que la mayoría de la gente de mi edad cree que fue solucionado por la generación que nos precedió. A pesar de eso, yo a menudo me sentía atrapada en algún lugar entre “la princesita” y el “tomboy”.

En cualquier caso,  un observador ocasional podría haber afirmado que claramente yo me había decantado por la segunda opción: jugaba a guerras de pistolas de agua con mis vecinos y les acompañaba cuando quemaban colas de rata en una hoguera. Apartaba la vista de las comedias románticas cuando fui editora del periódico de mi escuela, usaba americanas y llevaba el pelo corto, así que la gente presuponía que era gay, con lo que pude cazarles en sus propios estereotipos, lo que  por encima de todo me enseñó a construirme una coraza emocional y a nunca, nunca dejarles verme llorar.

Después, hace como unos cuatro años, comencé a trabajar con un terapeuta fantástico y me mudé a San Francisco donde la gente vive sus emociones (y te dice cosas como “siente lo que sientes” sin un ápice de ironía). Empecé a entender que tratar de aparentar ser fuerte y no pedir ayuda nunca, no sólo me estaba provocando ataques de pánico, además me estaba alejando del resto de la gente, cuando en el fondo lo único que quería era conectar con ellos. Mantuve mi estilo y mi pelo corto, pero al mismo tiempo comencé a tratar de hacer un esfuerzo por ser más consciente de mis vulnerabilidades y admitirlas, incluyendo que la gente me viera llorar. Por esas fechas, presencié una inspiradora charla de Ana Marie Cox, fundadora de Wonkette. En ella, compartió diez consejos para ser un periodista digital, pero uno de ellos se convirtió en un mantra de vida para mí: “está bien ser vulnerable, sólo tienes que aprender cómo recuperarte de forma rápida”.

Con esto en mente, volvamos a la acera en la que estoy temblando sosteniendo mi bicicleta y frotando mi muñeca,y Jackson me está mirando, y siento como las lágrimas están a punto de brotar, y sé que puedo lloriquear un poco y reirme de la situación o puedo empezar a sollozar hasta que me abrace, mi bicicleta entre nosotros, y en ese momento me pongo a berrear, empapando su camisa, hipo… ¿te haces una idea de la escena?

Hace cinco años hubiese elegido lo primero. “No seas tan niña”, me hubiera dicho a mí misma. Pero si algo he averiguado acerca de lo que supone “ser una niña” es que es muchísimo mejor para mí y me funciona mucho mejor que tratar de ser un chico. He invertido mucho tiempo de mi vida aprendiendo a ser fuerte, cuando en realidad lo que necesitaba aprender era cómo admitir que estaba herida, llorar durante cinco minutos y superarlo.

Si fuera un chico, probablemente no habría elegido esa opción. Le pregunté a Jackson que habría hecho él en mi lugar. Me dijo que no habría llorado, pero que se habría sentido furioso y avergonzado. Dándose cuenta de que ir en bicicleta en un ataque de ira habría sido peligroso, probablemente se hubiera sentado hasta sentirse calmado y reanudar la marcha (ese tipo de pensamiento elevado y su capacidad para analizarlo y compartirlo conmigo es lo que hace que le quiera tanto). Estoy segura de que muchos hombres hubiesen llorado y muchas mujeres hubiesen seguido adelante sin parase a analizar demasiado la situación. Lo que quiero decir es que esta reacción habría funcionado para él y la mía funcionó para mí. Preocuparme de si la reacción es «muy de chica» simplemente me lleva a hacer lo que realmente necesito. Por alguno razón, mi cuerpo no maneja muy bien las hormonas del estrés, así que en vez de dejarlas flotar a su antojo en mi sangre y que me hagan sentir enferma, he aprendido a exorcizarlas rápidamente llorando con frecuencia (o chillando, o saltando como un bebé enrabietado. De verdad, te recomiendo que pruebes alguna de estas tres cosas alguna vez).

Ser La CEO

En mi «súper simplificada»  historia del feminismo, hay mujeres que han pasado de demostrar nuestro valor haciendo uso de cualidades particularmente masculinas y que han trabajado por ser reconocidas y respetadas por nuestras cualidades femeninas. Éste es un cambio que he vivido en mi propia vida, que recordé de manera visceral cuando me caí y que me hizo aún dar más importancia al hecho de ser una mujer co-fundadora.

Cuando constituimos nuestra empresa, decidimos que yo sería la CEO. No hay que decir que reflexioné muchísimo sobre lo que esto significaba: como mujer, como feminista, como persona propensa a la ansiedad, como nieta de granjeros, como hippie urbana…, me estresó especialmente el hecho de comenzar a imaginar los roles que debería asumir como decisora, visionaria…, pero gracias a las conversaciones que fui manteniendo con Jackson y otros amigos y mentores, llegué a la conclusión de que de nuevo estaba definiéndome a mí misma en base a los términos de los demás.

Lo mejor de ser la CEO de una nueva compañía que tú has creado es que puedo definir mi rol como quiera. Si quiero que mi rol sea el de crear un espacio seguro para que nuestro equipo pueda asumir mayores riesgos, escuchar a  nuestros usuarios y hablar en su nombre, alineando al equipo con nuestros propios estándares y manejar la crítica de manera saludable, así lo haré. Poner en marcha un negocio es uno de los caminos más duros que he elegido, ¿por qué complicarlo más tratando de avanzar por esa senda con los zapatos de otros?

Sobre la autora Miki Johnson es Co-Fundadora de Dovetail, una red que facilita la colaboración entre profesionales a través de la construcción de relaciones de confianza que reinventan la búsqueda de empleo en la “economía gig”. Escribe sobre lo que supone emprender con su novio y co-fundador Jackson Solway en This Starts Now. Miki es además consultora de branding y facilitadora creativa. Anteriormente fue la editora de social media en liveBooks y editora seniro en American Photo Magazine. Síguela en Twitter en @heymikij.

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